Querubines salados,
y demonios alados que
me rondan, (¡Oh divina paradoja!).
Rastros y rostros de vos
bailan con los hijos de mi mente
preñada de nostalgia (dolor de distancia)
uno ya no piensa: pare imágenes,
retratos impregnados con el verde aroma
de las ganas —las mis ganas—, pétalos
de pálida esperanza a punto
de abandonar la rosa, soltarse de la rama.
Alargo este largo brazo de neuronas
hasta tentar el futuro que espero,
escarbo con los memoriosos dedos
hasta el tuétano del porvenir.
Este presente es útero que amamanta
el feto de mis anhelos, al chiquillo que será,
hecho de carne y cielo,
que pueble plazas y callejuelas de la amorosa
ciudad, que ombligo sobre ombligo,
juntos edificaremos.
El lúgubre maullido del silencio felino
ofrece mi voz en sacrificio con su zarpazo
de silentes garras, gatimorfo ídolo
donde hinco mi silencio de cigarra.
Sucédeme,
sacúdeme,
sítiame de ti,
porque no puedo pronunciar tu nombre
sin decir tu falta,
tejer con ideas tu silueta sobre el aire,
ni respirar sin oxidarme de tu dióxido de ausencia,
o iluminar tu obscuridad de claridad madura,
no puedo volverme loco, sino sos vos
quien secuestre mi cordura para
tu circo de enanos hipotálamos.
¡Poeta moderno!, sentencian los hijos huérfanos
del clasicismo: no hay poesía sin rima —entonces digo—,
esta arritmia de evocación y anhelo no es un
pinche-poema, es decir un lacayo de las huestes
academicistas, sino un estridente alarido que sacude
corazones tan prosaicos y sistólicos como el tuyo
o el que habita mi pecho.
La métrica no me alcanza para escribir
hasta dónde te quiero.
Tendré que adornar una mentira para alegrar tu falta.
Ni un hiato,
ni un diptongo,
ni una sinalefa
pueden romper con la armonía tácita
del amor o la tristeza que te profeso.
La sangre azul besa mis venas,
uno es el monarca de los tristes,
rey que abraza un trono sin reina,
sultán que guarda un cofre oculto
—vacío de perlas—, porque tú eres mi thesoro.
Si mi mente tuviera el filo y la imaginación
para podar estrellas, te alumbraría el sendero
hacia mi, con las esquirlas de luz que caigan
del cielo al suelo que pisas.
Preciosa de Cali, ¡de dónde sacaré
la fuerza y la descordura para empujarte al olvido?
Sigo soltando, digo, estos peces de mis manos para que naden
de mi albo desierto a tu luna de agua.
No hay océano por inmenso que no llene
tu regreso, ni desierto, por muy seco,
que no humedezca tu recuerdo.
Qué puedo hacer si mis ojos
no alumbran ya tu figura,
y el sol no me ha querido mirar;
si todo el día es noche y la noche
absurda, con su luna y sus estrellas.
La jornada con su apagón de fantasías
y agujeros de esperanza donde sólo tu
recuerdo vivifica mis ganas.
Preñadora de imaginaciones estériles, alquimista
de inviernos en abriles, tú eres el sendero ambarino
por donde camino con mi imaginación acuestas,
la pequeña puerta de Alicia donde pasa agachada mi fantasía
hasta el país de los besos sin labios, donde reinas tú
con mi amor, como un cetro, enhiesto entre tus manos.
Tú, Preciosa de Cali, que te vas contigo
y me dejas sin mi, temerosa de desposarte
con este Cronópio que te canta:
Sirque la erre fifando “rizqui, rizqui”,
sirque la erre, nefanda y fráfila porque
la erre non fifa rizqui, si tu mez non face
en triz su resque é rizqui rizqui.
Este exquisito Fama, que se vale de la apodada
jitanjáfora por el regio vate mejicano,
te susurra al tímpano,
y se duele de ti
y se enferma de ti
y no se cura de ti,
ni a panacea de recuerdo.
Quiero terminar con esto
empezando con estotro, desplumando
a los demonios y querubines que me circundan.
Estos rastros o restos de vos, ya no me alcanzan
para armar la algarabía, ni para trepar hasta el
nirvana etílico del Tío Chente.
Preciosa, de Cali, es preciso
humectar tus caleñas cuevas
para sumergir mis peces hasta tu volcánico
agujero revestido de labios y excrecencias,
que mordisqueen tu plancton de íntimas mandrágoras,
donde hordas de temblorosos flagelos
intentan penetrar un sol ciego y repentino,
para esbozar al niño mitad tú, mitad cielo
que liados, ombligo a ombligo,
tejeremos unidos, con tu estambre y mis saetas.