Como una hiedra de miedo
enclavada fuiste a mi sexo con cortes extraños
esporangio idóneo de los 84 tatuajes
y 365 oscuridades sobre tu espalda,
tejedora de símbolos,
aurorita gambusina en el árbol del insomnio.
Arteria de la noche que Junio predijo palidecer
como una revuelta de corazones diezmados
como un transparente rostro aspirado por la ventana
La tristeza más antigua que vistió de negro
hoy la atavía nuestra soledad escuálida,
ésa que tendida como playa nos esperaba
para ver el tumbo de las olas,
algún naúfrago devolviéndonos el entusiasmo.
Qué fuimos? Niños sedientos de alguna sensación amorfa.
Crápulas huyendo del azar para corregir sus almanaques,
los ríos de arquitectura urbana y ortografía antigua,
nuestras bocas como un raspón de sal
y agorafobia con pleamar de larga duración
donde las exequias del tiempo
nunca conocieron recipientes para reposar,
lluvia para desgranar tejados plácidamente.
Ahí llegamos huertos a comprobar el humo de amor antaño
impreso en el esquicio de esas paredes
poseídas de lumbre ahuecada.