Oda a la cantina que siempre son la misma. Vol. 1
A la que alguna vez fue la entrañable “Comuna”
Como exquisita amante (te tortura y te denigra)
pero abraza al desdichado que a ella se sumerge,
jamás ni en los oscuros callejones de la soledad
abandona,
siempre vigilante madre que sabe lo que haces,
nunca el engaño fue su motivo,
antes confesora de suplicios.
Urde para el quimérico animal que nos transforma
el embeleso taciturno y matutino.
Oye y sin recriminar se esconde entre hígado
y estómago;
y aunque en la mesa las sillas deambulen sin palabras
sabes que al final de la jornada (etílica)
estará esperando, tierna, espumosa
el último desdén de tu cobardía.
Empero se sabe,
no se puede vencerla,
antes amarla hasta la muerte
si acaso llega de improvisto,
y como un niño mimado
nos dejamos abrazar por sus pechos de cebada.
