Joaquín Vázques Aguilar

Lunes, 31 de Agosto de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

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Joaquín Vázques Aguilar

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Joaquín Vásquez Aguilar (Cabeza de Toro, municipio de Tonalá-1947- Tuxtla Gutiérrez-1994) falleció unos días después del estallido zapatista en Chiapas; partió de igual manera como vivió, casi inadvertidamente, rabiando contra el mundo de asfalto, soñando con ese estero de mar que llevaba dentro. Nacido en la década de 1940, emparentado generacionalmente con otros tres poetas de la postguerra en Chiapas: Raúl Garduño, Efraín Bartolomé y Oscar Wong. Quincho Vásquez está más cerca del primero en cuanto al ejercicio poético: su tono angustiante, su ironía rítmica, su desgarrado conocimiento del mundo, son paralelos al de Garduño, no así su espacio poético.
Atrapado en la poética de la festiva fatalidad del lenguaje, Vásquez Aguilar sustantiva los verbos, adjetiviza los nombres, transgrede los sentidos, disecciona los sonidos. Su poesía es una caja de Pandora, algo así como el fuego prometeico. Pero su discurso poético no se aísla de su sustento semántico. Su errante caminar de poeta oscila entre la ingenuidad y lo maquinado, entre lo referencial y lo profano, entre la armonía clásica y la sinrazón romántica.
Prácticamente desconocido más allá de los círculos culturales y los amigos, Joaquín Vásquez Aguilar se fue como llegó, solo. Su soledad es la de esta tierra sin tiempo, hoy convertida en botín de los afanes más primitivos de la sociedad humana: la guerra. El punto máximo de esta crisis fue demasiado para este poeta. Huyó a tiempo o destiempo, no lo sabemos. ¿A dónde ir si se está aquí, con todas las voces del mundo pariendo a nuestro alrededor?.
Hay elementos que constituyen a todo poeta. Dichos elementos son vasos comunicantes de la experiencia del mundo a la experiencia del lenguaje y que en su conjunto particularizan un discurso sólo posible desde el acto de creación, pero susceptible de una plurifuncionalidad en el acto de re-creación, que corresponde al lector. A esta complicada sinfonía suele llamársele poética.
La poética de Vásquez Aguilar guarda una relación umbilical con la obra de dos poetas latinoamericanos: el chileno Vicente Huidobro y el peruano César Vallejo. Afincados en una época caracterizada por la lucha intestina entre las vanguardias, que pugnaban por una verdad unívoca y original, Huidobro y Vallejo no descreyeron jamás de dos instituciones: el propio sujeto y la Historia.

Gustavo Ruiz Pascacio

Fragmento: Los fantasmas de la carne.


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Casa - Joaquín Vázques Aguilar

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Magresal

A la orilla del estero de Cabeza de Toro, cerca del embarcadero, hay un magresal. Es el árbol más viejo de todos. es tan viejo que se le han caído todas las hojas, como a mi padre se le ha caído el cabello. Tal parece que ha estado allí desde siempre, desde la raíz de los siglos. Todavía sigue de pie a pesar de que por él han pasado todas las calamidades: chubascos, inundaciones, temblores, quemazones, comejenes. Además de ser el más viejo es también el más corpulento. De él podrían salir montones y montones de leña para abastecer por días y días los fogones de las casas de la ranchería. Al amanecer, cuando se viene de pescar y el estero se abre al día con el verdor fresco del manglar y la alegría blanca de las garzas, el magresal se alza con su grotesca figura esquelética y ceniza. Siempre lo he visto con ese color cenizo, como de salitre sucio. En la época en que iban a matar a mi tío Juan todavía daba hojas y dicen que su aspecto no ha cambiado mucho. Lo de mi tío Juan pasó bajo este mismo árbol y fue por lo de una canoa robada. Empezó la cosa como simple discusión pero luego el otro sacó una daga y lanzó un tajo; el cuchillo se clavó en el tronco del magresal y en ese momento intervino mi padre con su enorme estatura y su vozarrón y aplacó al ventajoso. Ahí quedó todo. “Esta puñalada iba a ser para mi, tengo que borrarla”, dijo mi tío al poco tiempo le prendió fuego al magresal. El humo se elevó por varios días hasta que un aguacero lo apagó; sólo llegó a quemarse una parte del tronco y algunas ramas bajas. Y sigue aún seco y pelón, con su eterno color cenizo. Tal vez por eso es el árbol preferido de los zopilotes. Cuando los primeros pescadores van arribando al embarcadero ya están trepados en el magresal, al acecho de la tripa de pescado; es su comida preferida. De ahí a lo que falta del día los zopilotes no se van; ya muy alto el sol sale el último pescador pero los zopilotes no se van. Como que ya le tienen cariño al magresal; como que en sus ramas encontraron el sabor de la confianza. Y si uno se pone a pensar que estas aves cometripas son las mismas, y no otras, que llegan todos los días al huesudo árbol, uno se dará cuenta de que así es: se dará cuenta que ya le agarraron gusto al magresal y a la tripa de pescado; porque no les importa otro árbol ni otra comida. Pasa lo mismo con esos zopilotes que nunca se bajan del cielo, cuando el cielo es azul, azul. Andan allá arriba volando suavecito, haciendo círculos en el aire, como jugando, como si hubieran nacido para estar volando siempre. O como esos otros, a los que uno encuentra comiéndose algún animal en medio del camino cuando va al potrero, o viene con el tercio de leña al hombro. Esos son los zopilotes que se comen todos los animales muertos. Es como si Dios hubiera repartido a unos para que estén volando en el cielo y a otros para que se coman la cosa muerta, los desperdicios. Así dice mi padre mejor dicho decía; el pobre y no puede hablar porque está por morirse. Mi madre se ha pasado velándolo desde anoche en que le arreció la calentura y se puso más grave. Esa tos cascajosa de los últimos meses lo tiene así de enfermo y lo está matando; tal vez porque fumaba mucho. O a lo mejor es la vejez. Sí, eso debe ser. Ya está muy viejo. Es cierto que mi madre ya está vieja también pero no tanto como él. Cuando se casaron ella tenía apenas dieciséis años y él era ya un robusto pescador que rebasaba los treinta. Eso nos cuenta ella. “Era tan fuerte y trabajador” se lamenta y echa a llorar. Ahora mi padre es un anciano y se va a morir. A mi tío Juan ya le tocó, lo enterraron no hace mucho. Si aquella vez bajo el magresal tuvo la suerte de no morirse, ahora sí. Ni modo, así es esto de la muerte, ni sabe uno. Tal vez por eso anoche soñé que el magresal se derrumbó todito a causa de la gran zopilotada que se le acomodó encima. Primero llegaron unos pocos; después llegaron más y más, amontonándose en el magresal, ocupándolo todo; después unos sobre de otros. Hasta que el añoso árbol no aguantó tanto peso y se vino al suelo, así sin ruido. ya no vi o no me acuerdo si los zopilotes murieron en el porrazo o salieron volando alborotados.

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Hasta que el día vuelva

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I
ahora me voy
parto hacia donde huevo
hasta cuánto lengua enrollada
me voy muy a pesar
deshilachándome
digo a tu mano adiós de mis amores
adiós tu femenino insoslayable
adiós árbol que mereces mi pañuelo
pié que te quedas sin mi corazón
me llevo mi camino hasta el día en que vuelva

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II
aquí no soy claro
no soy luna ni sol
abro mi cero
limpio mi sana fealdad
qué dirán los de allá
qué dirán encantados de sus ríos
aquí el agua no es clara
pero hay peces que resisten hasta el día
en que vuelva

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III
los pescadores tienen sus palmeras
cantan desde hace mucho tiempo cuando pescan
tienen fluvial la risa
la piel de sal oscura
los pescadores no tienen enemigos
tienen azufre en la nariz
tienen amistad con la noche
tienen mucha lluvia
los pescadores se emborrachan mi regreso
Me saludan primitivo hasta el día en que vuelva

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IV
ochenta
dosmil lagartos
en los ojos del viejo Emeterio
pueblan su barba
por su lengua va y viene el cuchillo que descuartiza
de este modo
mientras teje el estéreo con ademanes
nos hace doler su espalda
su vejez de pie
sus lagartos queridos nos muerden
pero también nos dice lluvia de toda la noche
y el patio se refresca en este medio
día
con tíos desde hace cuánto deste lado
luego nos llaman a comer iguanas verdes
vamos
compermiso hasta el día en que vuelva

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V
cargado de tortugas
para la prisa del atarraya que fluye
de sus manos
bajo este talludo tamarindo
sigue el viejo Emeterio platicando
entonces trajimos las casas para este lado
porque la inundación y todo
empieza a llover en su memoria
nos empapamos
y luego las plagas
pleitos
allá todo se echó a perder pese al río
aquí se daba la comida
cosechábamos chicha
qué faltaba y venados
todo
se rasca la sonrisa sin dientes
pero salud caramba salud
y entonces el difunto
mi compadre el finado
tu papá que no llegaste a conocer
así fue
así la cosa
aquí el agua no era clara
pero mojarras bagres lagartos
y el viejo Emeterio salud
sí salud salud
emborrachándonos hasta el día en que vuelva

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VI
saludo en pleno
mirada
de cuerpo entero
así que viento viento
qué sol tan sol
tan sus íntimos picos a la manzana los pájaros
tan como nunca
los árboles aquí sin mi pañuelo
ahora no me voy
dijera
pero mi corazón pañuelo sin mi pie

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VII
hasta el día en que vuelva
dije
aquí no soy claro
desnudo fértil
es mi pañal esta superficie
gota quieta del día
me levanta
y crezco y pesco
es mi primer pañal
mi primer lápiz-lengua
abre mi cero cascarón
así
empieza el primer galló en el horizonte

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VIII
la primera llamada
vuelve la garza desaparecida
con su nido
blanca
vuelve la luna con sus novios
verdaderamente
femenino fiel de mis amores
entras toda hasta mi afuera nada
en el agua
se transparenta algo así
un azul
pañal universo
donde mi lápiz-lengua se apresta

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La buena cosa de vivir

la buena cosa de vivir
el aroma diario de los pies que no descansan
el aceite del cuerpo en el sartén del sol
el caso de amar
de enloquecer
de vivir hace cien años
ayer
hoy que platico de los precios altos
del gobierno y del frío que hará mañana
comer
volar
el buen suceso de tener hambre
de los gordos preocupados
de la embarazada
de hacer lo mismo que las moscas
vivir
¡qué cosa!

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En otro sitio

en otro sitio
el trajín de mamá
su pañuelo cada vez más y cada vez menos

el patio es el mismo, ya sin el tamarindo
la mesa más vieja y más desnuda;
sólo una perra nostálgica;
sólo la misma atarraya de padre
(los peces han cambiado, más alertas)
que téjelas ahora solamente

casa. ojos con mirada desde la puerta

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En este plano

en este plano
así de largo
me dice don horizonte qué gran día
risa y risa
el señor muy alegre
pero esto
pasó
allá por noviembre
cuando todo era
vientecito
y vacas
nosotros en la carretera
De flores para los Poncianos y las Gregorias

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Hace muchos años

hace muchos años
madre enfermó de asma de nervios de
hablar mucho de andar exprimiendo su pobreza
durante muchos años vendió pescado
hacía dulces de coco
hacía pan de vértebras mojadas
era única
era ideal
era jodona
la esposa fiel
madre todavía
igualita

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Casa

mi caverna está bien
un poco oscura
pero es el modo de guardarme
de tanta luz
de tanta electricidad hasta el fisco
mi país está aquí
alrededor de mis pocas palabras
en mi árbol más cercano
en mi carretera con aire
en mi padre que es muy garza
muy canoa
el agua
y la lluvia

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Hay vuelta de hoja

hay vuelta de hoja
de hoja
es la canoa que va
—repito, sí—
insisto en ella
de nuevo es el amor
como cantar a dos voces con
mi hermano mayor
¡que casa mía!

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¿Quizá?

¿quizá?
uno se afecta
de seres vivos
vivos
pero no es la historia lo que digo
es este cigarro
este humo que fumo
de lo que hablo
tal cual
es
mi gana enorme gana
de andar así
perdiendo

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Ruiz Pascacio, G. (2000). Los fantasmas de la carne. México.: UNICACH.

Vázques Aguilar, J. (1984). Casa. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. México. UNACH

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