LA HISTORIA DE UN CAFÉ
I
Era el mejor de los tiempos, pero también era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseía, pero no tenía nada; caminaba en verticalidad al cielo y me extraviaba por el camino opuesto. En una palabra, estaba jodido, no escribía, no esculpía, en esos momentos cualquier guerra era, obviamente, un suceso violento. La violencia en su grado más extremo, ejercida por los dos bandos enfrentados: el silencio y el olvido; esos que me vieron morir de pie, que son aroma y esencia.
Yo siempre fui un lejano, meditabundo, queriendo arreglar el mundo con una sola estrofa, sin embargo seguía ahí, sentado, en esa sala de urgencia llamada café, esperando a que naciera con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco.
Distantes habían sido la espada y el fuego de Dios, sin embargo siempre encontraba un alivio: un tabaco y una cuchara sobre una taza de café, así de oscuro, de embebido o muerto había sido este mundo y las cosas que son y que me han llevado a soñar con ciertas realidades.
En unos de tantos sueños sobre y dentro de ese café, había mencionado “estoy como nunca, estoy acabando, de nuevo empezando mi vida otra vez” y de aquellos que quisieron la guerra, “conmigo se equivocaron y se estrellaron, ya usted lo ve, amigo mío”, así empecé una nueva vida al lado de un sorbo de café; y ahí empezó una historia, una historia donde los ojos más llenos de vida dejaron en mi alma una eterna fe de amar, anhelos de caricias, de besos y ternuras, de aquellos ojos, serenos como un lago en cuyas quietas aguas desde ese día me miro.
He escrito muchas historias en versos, ninguna como ésta, ninguna donde transcurran tanto los días y dentro de ellas las horas, esas interminables horas donde no supe “cómo fue”…