DESAMOR
Entra por la tela de mis dedos
un fulgor alucinante y el orgasmo.
La ventana queda al viento
donde entra en su terrible insomnio.
Un trasluz de miradas
y el deseo de seguir en cuerpo
se vuelve insoportable.
Entra por la tela de mis dedos
un fulgor alucinante y el orgasmo.
La ventana queda al viento
donde entra en su terrible insomnio.
Un trasluz de miradas
y el deseo de seguir en cuerpo
se vuelve insoportable.
Aquellos instantes donde el tiempo es sólo poesía,
donde las caras de la luna desnuda
se posan en la sombra del cuerpo,
hasta sentir su ausencia ya agotada.
Donde los malos pensamientos son sólo años que han pasado
y la piel recubre las huellas que rozan las grietas del abdomen;
el lugar, el beso antepuesto a los labios y una voz,
colman todo sitio anterior y desdicen todo lo dicho en miseria.
Será la predicción la nueva verdad que pueda oír el reloj,
sus manos renuncian a toda melancolía
y reclaman el tiempo que ha sido atrapado entre los libros.
En este instante, el ir y venir,
es como observar los rostros del peor sufrimiento y callar,
humillado por la cadencia,
sin presencia de ese humor
y voltear a ver el pasado sufrimiento,
sumergiéndose en el llanto invertido
y la risa transformada en locura.
Me he enfrentado a tu risa con disgusto
y he calcinado todo perfume que proviene de tu abdomen.
Me he sabido con destreza tus grietas de la mano
y sólo he probado la rebeldía de tus dedos.
Es la venganza anatómica la que padece
y me engaño en tus palabras.
Con destreza me busco en laberintos de tu pálido abrazo,
busco tus mejillas y me regocijo en dolor.
He intentado en mares resistirme,
sofocarme en pequeñas muertes,
en orgasmos simultáneos,
inventarme en todo olvido.
Una palabra a tiempo:
ahogarse, congelarse, derretirse.
Miras desde tu infenestrado desconsuelo
y ríes.
El descanso de la impertinencia,
la llamada analogía de todo aquello que deshacemos
y volvemos a armar con cautela.
Una maldición que suspendiera
el terreno donde ha crecido el infame sentir del silencio
y todo desfiguro:
la invención de los olvidos.
Todo cuanto nace desprevenido
y creciera a ciegas
corre al otro extremo de la calle agrietada
y la pregunta ebria que divulga,
muerde con dientes robados
y vierte su esencia inmaculada.
Suena el olvido que se extingue,
a los virtuosos y sus secretos
ha de nombrar en vano,
siempre con una ridícula entonación de advenimiento.
El durmiente que sueña que está soñando,
la polvorosa trinchera,
la sombra de la sombra.
Cautela – ha de decir el hombre corrompido.
a David Huerta
Si yo hablara se romperían los contagios,
si yo hablara, te diría,
te diría sobre el dorso de mi mano
y el roce de tu boca.
Si yo hablara, tan elocuente como puedo,
te diría que ahogándome sigo esperando
en la medida del cuerpo.
Si yo hablara, si pudiera decirte, explicarte,
cómo rehúso a la luz más sobria,
a las palabras más torpes,
a todos los derroches que prepara la tarde.
Escúchalo, búrlate de mí.
Pero si yo hablara, si pudiera decirte
en la orilla de tus manos,
si pudiera explicarte, tal vez,
en un rincón de este cuarto,
si pudiera,
no sé si te lo diría.
OLVÍDATE Y OLVÍDAME
olvida tu forma, olor, sabor
y espuma.
Olvida tus sueños
y de mar en mar
de noche en noche
bebe tu nombre
olvídate de ti.
Bola de cristal-espejo
suspiro de impaciencia de un extraviado
y las rosas.
Mi voz está de pie,
sobre mis pasos crece la vida
tras de tus pasos
todo.
Estoy en la esquina del naufragio,
en mil océanos, en mil mares
donde el llanto esconde mi realidad
y la de todas las aguas.
Entra por la tela de mis dedos
un fulgor alucinante y el orgasmo.
La ventana queda al viento
en su terrible insomnio.
Un trasluz de miradas
y el deseo de seguir en cuerpo
se vuelve insoportable.
Nos dejamos solos…
La condena retrocede a un sólo instante,
donde los cielos, eclipses y todas las lunas
dibujan la silueta y la sombra de una imagen.
(ausencia desnuda)
Quisiera desdoblar mis sentidos
mis fluidos
mi dolor
y hacerlos tuyos.
Iníciase el silencio de los ojos.
El desvelo en busca de una puerta
y dentro
el desnudo.
Es un llanto de cenizas estériles
y consumares de aullidos en vano,
es sólo la palabra la que hace
que de pronto no se vea nada.
Las manos temblorosas, la piel fría, desnuda,
la voz ronca y los labios torcidos.
El momento, este momento, pétreo, apasionado,
vacío en melancolía y su pasmo de dolor ínfimo,
su desdeña y la deseante búsqueda del día siguiente,
devoran la carne, la luz y dan sentido al silencio.
Escucha, tiene un eco en los cuerpos,
el licor que derrama la tensión
y la cera que quema, pero ya no duele.
Aquel silencio es inmortal como su propia pasión,
cómo pasan sin sospecha alguna
y el intangible para qué, cuándo, por qué y dónde
no tienen lugar en su sombra.
Sólo el sustento, tiene la más difícil vocación,
cuando su pronombre y su silencio sobrevivan
será el día en que mi para qué, mi cuándo, mi por qué y mi dónde,
caigan bajo mi lengua y el tiempo robado,
será el día en que yo muera,
el día
en que yo haya amado.
Me cuelgo en tu andamio, a una embolada de tu rostro.
Miro hacia abajo,
tu abismo infenestrado me contempla.
Con tus palabras hincadas en mi mente,
me aniquilo.
Después de todo,
¿Qué es lo que sobra?
Sólo esas luces huérfanas
de mi aire solo
lento
indigente.
Me esperan las noches,
casi oscuras, casi claras.
¡Ese abismo!
me amenazan sus sombras,
tus sombras.
A veces es mejor
dejarse
caer.