Páramo

Desde el más allá del muy adentro todo se ve diferente. Incluida esa manía de luchar contra sí mismo. La permanente disconformidad por la que transita, como revulsivo para seguir explorando en la palabra y en la carne viva. Eso, hasta que llega la frenada en seco. La de las noches en las que la luna le envuelve, le embauca y le atrae hacia sí para derrumbar todo lo que ha construido. Pero él es un nudo de arterias, una maraña de capilares que laten sin parar sacrificando su propia materia, hasta la última consecuencia, por dar a luz mundos nuevos a partir de otros mundos anteriores que estaban hechos pedazos. Se hace humo de sílabas, de terminaciones nerviosas, se aloja entre los pliegues completamente desnudo de sí y adopta la dolorosa soledad del vagabundo en tierra de nadie, vanidoso chatarrero de esas emociones que a uno se le incrustan hasta la médula cuando las lanza al aire en grafía de dardos. Es piel y es voz. Y casi siempre, cascarrabias. Aunque llora cuando escucha a Bartoli.

Total: imperdonable.

Marissa.

 

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