Julio Cortázar: Entrevista

El escritor cubano Manuel Pereira entrevistó a Julio Cortázar antes del fallecimiento del Gran Cronopio. El narrador argentino habla de la confección de Rayuela y de cómo redactó la novela sin un plan previo, como suele creerse. Se refiere a sus influencias literarias y a sus personajes infantiles, que son una proyección del propio autor. Los 45 años de publicación de una de las obras maestras de la literatura hispanoamericana son un buen pretexto para publicar aquella entrevista.
T E X T O : MANUEL PEREIRA
Hace 28 años le hice esta entrevista a Julio Cortázar (1914-1984), en La Habana. Yo era por entonces tan ingenuo y subdesarrollado que pensaba que en Europa todos los escritores importantes se movían en automóvil. De modo que cuando más tarde volvimos a encontrarnos en los Campos Elíseos, y le pregunté dónde estaba su carro, Julio me miró asombrado: “tener un automóvil en París es un crimen, no existe nada mejor que el metro”.
Fue él quien me descubrió ese mundo subterráneo que conocía al dedillo permitiéndome, al mismo tiempo, conjeturar que tal vez la estructura de capítulos elegibles de Rayuela, con infinitas posibilidades, es la sublimación poética del metropolitano de París, arte combinatorio que tanto influyó en su obra.
Posteriormente concebí otra sospecha: la vocación de improvisación que tiene el jazz –y que tanto fascinaba a Cortázar– no sólo parece dominar la arquitectura, sino también el lenguaje de Rayuela, pues si jazz viene del francés “jaser” (“hablar a tontas y a locas”), ¿acaso esa manera de hablar no nos recuerda el “glíglico”, ese idioma inventado por la Maga?
Luego tuve una tercera intuición al descubrir una carta de Julio Cortázar a José Lezama Lima fechada en 1957. El escritor cubano le había enviado una copia de su obra Analecta del reloj, pero aquel libro había salido mal foliado en una imprenta habanera. Julio explicaba entonces que “su lectura se vio singularmente complicada por una caprichosa disposición de los cuadernillos del ejemplar, que me obligó a andar y desandar camino varias veces”.
Aquellos cuadernillos delirantemente cosidos, “a tort et à travers”, ese jazz de páginas locamente intercaladas, hizo que Julio leyese a Lezama de atrás para adelante, dando tumbos y saltos, como luego nos ocurriría a nosotros con Rayuela. Pero estas no son más que meras hipótesis, dejemos que Julio nos ofrezca ahora su propia versión de cómo concibió el rompecabezas maravillosamente libre que hace de Rayuela una novela múltiple, laberíntica y caleidoscópica, como son los juegos de todo niño verdadero.
