Entras perpetua a la casa que soñaste cuando niña,
te miras como alcoba llena de polvo entre tus muslos,
y acaso das la vuelta para recordarte sobre la hamaca
bebiendo céfiros en cada movimiento seguido por tu cuerpo.
Casi la noche recorre uno a uno tus trozos de madera
en el diván de tus muñecas perpetuadas,
se dirige a ti preguntando por el juego desterrado de tu infancia…
tu memoria,
esa historia arrumbada que rompiste con el aire por descuido.
Callada te recuestas en palabras fúnebres,
es el carbón y la arcilla lo que te ha abierto la herida en el pecho,
te lo dice la piedra tallada en los muros,
el rincón desnudo de la recamara
que observa a la calle sin decir palabra.
Nadie sabe desde cuándo las grietas de la casa se reconciliaron con tu vida,
y cómo las paredes se han convertido en un escudo que detiene la llaga
[de tu nostalgia.
El silencio estaba dentro de ti, no en la casa que creías aburrida,
no en los céfiros que ocultaban su tristeza.
Todo hombre solitario guarda de sí un mundo que no le pertenece
[sino en sueños,
todo golpe en el pecho es una lanza clavada al unísono de la amargura,
pero la casa sigue intacta con tus cabellos esparcidos por el suelo,
a la orilla del silencio divisando la ternura de tu misterio.