Oye murmurar al sol un día domingo
verás que su boca es una astilla
demolida en medio del mundo
(y) cada pájaro el cimiento de sus ojos
que nos miran débilmente bajo la sombra
de un nutrido viento.
Óyelo decir que ha venido a derribar
el hurto de la noche ―asecho de su sombra―
como solitario astro partidario
a su postura:
Hacer su voluntad es aclarar
la trasparencia de su incendiario engaño,
antiguo retoño atravesado de ciudades,
traición de su memoria
―o potencia sometida a ciertas leyes
naturales―
que no aguarda llantos en las calles
y escuetos silenciosos
filtrados en las hojas de los árboles.
